Guillermo Nuñez - Premio Nacional de Arte *

... POR LOS DERECHOS HUMANOS CONTRA EL OLVIDO... adm. correo: defelipevilches@gmail.com guillermopremio2007.blogspot.com

martes, 8 de noviembre de 2011

Discurso de Guillermo Nuñez al recibir Premio Nacional de Arte 2007


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lunes, 7 de noviembre de 2011

exposiciones




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LA JAULA ENJAULADA - videos







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blanco y negro, muy negro- serie

blanco y negro, muy negro- serie

En el Taller

En el Taller
en la creacion de un libro

- ¿Quién mira a quién?

Instalados de pie, frente al blanco, es preciso abrir compuertas, soltar esclusas, liberar la memoria, hacerla presente aquí y ahora, volver a vivir la pesadilla, reinventar los recuerdos olvidados, reanimar los sueños, para que sea posible seguir resistiendo, seguir siendo humanos. Humano viene de humus, tierra en latín, y tierra es país, es paisaje, es pueblo

El dolor del cuerpo, la llaga, la muerte injusta, la crueldad, la traición, el exilio, las víctimas del poder están aquí susurrando, gritando a veces, en estos muros, para hablarnos con furia, para decirnos de nuestra fragilidad y del anhelo imperioso de vivir a toda costa, huir de la muerte, de respirar, aunque sea acuclillado en un cajón hediondo, aterrado, amordazado, humillado, degradado, pero vivo aún, vivo en medio de fantasmas, de sombras y sollozosY aquí estoy, extraño ante mí mismo, entre estos cuerpos dislocados que me vuelven a hablar de un modo distinto a cuando dialogaba con ellos en mi taller, en el hábito cotidiano de luchar a brazo partido para doblegar las formas, hacerlas obedientes, controlar el azar, emborracharse con colores, volverlos sumisos, torturarlos sin piedadY veo aquí mis sudarios, enmarcados detrás de vidrios relucientes, me acogen como un espectador nuevo y me sorprenden. Tengo miedo que allí, encerrados, prisioneros, reducidos a obra-colgada-en-el-muro, se vuelvan ajenos y que fastidiados se nieguen a continuar nuestro coloquio cada día

¿Quién mira a quién?

Para estos signos, estos papeles aquí presentes, no basta la simple contemplación, hay que obligarlos a hablar, encontrar en ellos mismos el lenguaje inaugural, las claves de su existencia, en sí y ante sí, y hacernos a nosotros buscar más lejos, en nuestra memoria ancestral, nuestras esencias íntimas, nuestra experiencia, nuestro ser-en-sí.

Nosotros buscamos siempre una respuesta al “¿qué?”, “¿por qué?”, ¿para qué?”, y ésta será siempre otra pregunta, la “docta ignorantia”.

Pero lo importante es que esta pregunta, estos papeles, estos signos y colores produzcan un conflicto que sea capaz de entrar en el viento, encender la chispa que produzca la hoguera, el incendio, una explosión, una estrella ardiendo. ...Muchas gracias.

¿Qué cómo trabajo, al dibujar? - Hundir la mano en el dolor.

Bueno, veamos, lo primero, lo básico, es el material que se dispone, la realidad inmediata, tangible: los distintos papeles, su lisura o rugosidad, los pinceles o brochas, su estado de conservación. Un pincel nuevo actúa distinto a otro muy, muy usado (la mayoría de las veces utilizo con mejores resultados los más desgastados). Los lápices, las tintas, las lapiceras o palitos que las reemplazan. Un lápiz muy carcomido, casi sin mina, me sirve para horadar el papel, hacer surco en él, estigmatizarlo, vulnerarlo, herirlo. El aguarrás, el aceite, el agua, sus mezclas aberrantes, son estas herramientas, estos utensilios, los que determinan el accionar. La dificultad que opone a la pluma un papel rugoso es sustancial, desde allí comienza el trabajo, que se origina en esa dificultad, es la que le da nacimiento y sentido.

Una pluma en mal estado puede provocar manchas, errores, derrotas, que es preciso trastocar, volverlas expresivas, hacerlas hablar como logros, o darles un sentido.

Un soporte liso, terso, opone otras trabas, otras complicaciones que dan nacimiento a soluciones diferentes.

Todos estos tropiezos, obstáculos, impedimentos, lo mismo que las facilidades que nos puedan dar, crean el vocabulario, vendrían a ser la raíz etimológica, una suerte de Ur-Sprache, el idioma por esencia, el lenguaje inaugural.

Siempre parto de estas realidades para dar inicio a otras búsquedas más existenciales, que quieren encontrar en los signos primordiales, las esencias íntimas, testimoniales, el ser en sí.Y aunque busco el signo, la imagen textual que habla desde dentro, en sí y ante sí, paradójicamente no puedo dejar de cargarla con un sentido ético y moral que le otorgue emoción, que le dé valor y profundidad, que la despoje de su frialdad intrínseca, dotarla de experiencia.

Por otra parte, siempre he deseado llegar a decir la forma sin forma. He anhelado una visión de lo que yo creo que pueda ser el modo de aprehender la realidad de los ciegos, tan sólo la posible imagen que de la realidad pueda percibir el ser sin ojos en su cerebro, esa realidad, quizás, más pura, no deformada, que no ha pasado por el filtro de la retina y el nervio óptico, sino su proceso final en el córtex.

Me interesa el juego de la transformación, llevar a cabo una acción poderosa, capaz de torcer el destino.

Soy partidario de este mezcla de situaciones que reflexiona acerca de cierta conciencia, cierta responsabilidad racional. Unir en la vida, en el arte, el poder de la idea, de los conceptos, junto a la euforia de los sentimientos, la pasión; unirlos para transformarlos en una agonía.

Con un pensamiento cartesiano, debiéramos separar lo que tú puedes tocar de lo que tan sólo puedes sentir. A mí me parece más apasionante unir estos contrarios, producir esta paradoja, esta mezcla, a veces absurda o de negación de una u otra, que puede ser ruptura y unión al mismo tiempo.

Realizar una cuatridimensionalidad, hacer del espacio y el tiempo una sola entidad. Unir nuestro “antiguo” y nuestro “nuevo” cerebro, el neocortex.

Una utopía es un futuro y una memoria es el pasado. Necesitamos del futuro para tener el pasado; esta utopía de la memoria que yo quiero, es un koan. No lo puedes explicar racionalmente, sólo lo comprende tu corazón.

Debes agregar a tu percepción visual, todo tu saber, tu ignorancia y tu conocimiento, tu experiencia y tus dudas, tus anhelos, tus preguntas y, sobre todo, esta pregunta: ¿Cuál es el objetivo del arte?

Frente a la obra de arte, sin dilucidar su rol, sin un constante cuestionamiento, una toma de posición, una visión ética, nos resultará difícil llegar a saber si todo lo que se nos muestra no es sino un mito oficializado por críticos, museos, universidades, coleccionistas, galerías, marchands, teóricos serios o periodistas banales. Un acontecimiento que tan sólo la dictadura de ellos y el sometimiento del arte a su criterio, lo hace válido.

Entonces, salir a la calle, es poner el arte en distinta situación, es ayudarlo a romper con las ataduras y el sometimiento a esta tiranía.

Desde hace unos años vengo trabajando en estas acciones de arte en la vía pública. Al pegar las grandes serigrafías en los muros y vallados, disminuye el riesgo de transformarlas en objetos susceptibles de ser convertidos en mercancía. Evidentemente, estas serigrafías no pueden ser vendidas, son un regalo a la ciudad, pero un regalo perecible, que no se quiere eterno.

Es un arte nacido de experiencias íntimas, fantasías personales, solitarias, pero que al alterar el espacio ciudadano su tejido, se transforma en un hecho social, por ende político, aunque cargado de locura. La otredad de mi yo.

De todos modos, estos signos transformables, alterables, son encuentros, cruces que extienden los espacios, los amplían y multiplican al intercomunicarse, al producirse este asalto a los otros yo, una “toma” con banderas y todo.

Las pequeñas imágenes impresas en papel autoadhesivo son un tatuaje en los espacios marginales de la ciudad, en lugares inimaginables de exhibición, lugares que no están destinados a acoger las obras de arte, lugares sorpresivos, sitios insólitos: baños públicos, autobuses, casetas telefónicas, pasillos del metro, postes del alumbrado, hospitales, bares, cementerios, semáforos, y cualquier otro lugar despreciado, inhóspito.

Al igual que las grandes serigrafías pegadas en las cercas de los sitios eriazos de la ciudad, estas imágenes y textos de formato pequeño, son también transgresoras de espacios otros.

Aquí este acoso, este arte tatuado, resulta una bofetada impensable, una verruga o costra, ominosa, anacrónica, una distinta tensión, un lenguaje de asombro. Mapa y territorio, realidad e ilusión, la eseidad y el vacío, antenas abiertas, archivo del miedo.

Por su parte, las grandes serigrafías pegadas en las paredes y cercados, corren el riesgo de transformarse, tienen tendencia a devenir documentos, eternizarse, aunque yo busque una mitología distinta, signo acusador, lleno de magia cotidiana, pero destinada a perecer. Y yo me pregunto: ¿este mural se acostumbra al paisaje?

Un mural: ¿termina por ser inexistente a nuestros ojos, invisible a nuestra mente, insensible a nuestro corazón palpitante?

Quiero que la ciudad se vea invadida por las imágenes y los textos pegados en los muros, tabiques y otros lugares, por la irrupción de un grabado en uno o varios periódicos locales, incitando a los lectores a actuar sobre él y enviarlo de vuelta para ser exhibido con mis otras obras en los lugares cerrados, abriéndoles la puerta con amistad para compartir su espacio.

Invadida por las camisetas con grabados impresos en ellas, que se desplazan furtivas, en una travesía, azarosa, de rumbos diversos.

La apropiación del espacio ciudadano mediante el obsequio en calles y plazas de una serigrafía original, firmada, para que también sea alterada, transformada en una obra común, uniendo, así, al espectador y al artista. Regaladas para desacralizar la obra, robarle el valor de mercancía y transformarla en diálogo amistoso, un apretón de manos, un abrazo, un saludo.

Las obras que otros pintores o el público alteran, las hojas en blanco firmadas de antemano que invitan al espectador a “hacer su propio Núñez”, son otra manera de quitarle a la firma su aura sagrada, bajarla de su pedestal y continuar el diálogo.

Por otra parte, los grabados impresos en seda, salen a la calle, arrollándola: estas imágenes y textos, arterias de estandartes y banderas, en manos que las sostienen generosas, atraviesan el corazón de la ciudad, cruzándola como un río de la memoria, un viento iracundo, cargado de sufrimiento, dolor y duelo.

Esos lienzos ondeando en el aire son nuestra ira, nuestra negativa a aceptar el exterminio, la muerte, el desastre, las atrocidades, la infamia, la injuria, la mentira, el odio.

Dentro de los espacios cerrados, donde se muestran las serigrafías impresas sobre cartón, se han colocado junto a ellos, pizarras con preguntas para ser contestadas por los visitantes de la exposición. Estas pizarras acentúan el distanciamiento, son pausas que invitan a la reflexión, a recomenzar a cada instante.

Las preguntas de las pizarras, las preguntas reunidas en los cuadernos instalados sobre las mesas metálicas, son el comentario que acompaña a la pasión, son el diálogo moralizante del coro de la tragedia griega, que mira desde lejos encenderse al protagonista, al héroe y le acompaña con su piedad o su desdén, su juicio lapidario.

Las preguntas y las imágenes destinadas a ser alteradas por el espectador, tienen por objeto individualizar al visitante, separarlo de la masa, hacerlo actuar con su propia identidad, opiniones, intereses y valores. Sus códigos, su cultura, su historia, su formación, sus gustos, su ideología, sus miedos, angustias, recuerdos y olvidos, su ética, su visión política y religiosa, sus contradicciones, su inteligencia o su tontera, sus máscaras, espejos, memoria, deseos. Hacerlo reaccionar como individuo a lo que las obras le proponen.

Hacerlo consciente, activo ante lo que ve: es él quién termina la obra y la hace suya.

Sacarlo de la cómoda y protegida condición de observador descomprometido, acostumbrado a un arte conformista, anodino, mercantilista. Llevarlo a tomar los mismos riesgos que el artista, obligarlo a cuestionarse frente a la historia y a la vida.

Dejarlo solo, desamparado frente a la invisibilidad de los distintos “yo”: “yo” permeables, hechos de influencias y deformaciones, contaminaciones que vienen de otros “yo” y que lo enriquecen, lo alteran, rompen límites y fronteras, abren compuertas, instalan sueños en todos los lugares.

En mi trabajo he querido siempre usar el azar, digo bien utilizar el azar, aprovecharlo, someterlo, dirigirlo, conquistarlo. Pero este azar es posible, porque se ha ido gestando en el interior, te pertenece de antemano, ya ha sido conformado, realizado con mucha anticipación: producto de vivencias, realidades, deseos y mucho más: historia, memoria, sueños también, es decir, ansias y futuro, nuestro archivo interior. Una forma que sólo anhela saltar desde allí hacia fuera.

La obra está construida ya dentro de nosotros, aunque aún no la conozcamos. El rol de este azar es ir en su búsqueda, hacer posible esta realidad, hacerla existir y luego dominarla, que es un modo de ampliar el yo, multiplicarlo, abrirlo a los otros.

Otra pregunta: ¿y para quién pintas, y para quién escribes?

La creación es un acto solitario, secreto, sin testigos, mudo, silencioso; sordo, ciego a veces, las palabras no lo tocan, no lo rozan y, sin embargo, debemos abrir los ojos, hacernos videntes de la nada y escuchar, abrir nuestro mundo a los otros.

Para lograr el azar, el efecto de caos, de casualidad, de agonía y tragedia, es necesario ordenarlo, es decir, articularlo y hacerlo expresivo, y eso sólo se obtiene con una distribución que ponga en evidencia este azar y este caos a través de una sabiduría, nacida de la meditación, de la impotencia, las debilidades y torpezas, un rigor acendrado, una parsimonia y frío análisis: nunca la irreflexión o el arranque temperamental, el desenfreno.

No interesan en la obra los estados del alma, el dolor personal, sino el efecto trágico que se busca producir en el espectador. Allí debe estar la verdadera violencia.

Como ven, es necesario vivir con esta dicotomía, este choque de los opuestos, esta angustiosa paradoja.

Pero no he dado respuesta a mi pregunta, ¿para quién? Frente a las atrocidades de la historia, la infamia, la locura de nuestro mundo contemporáneo, el artista no puede declararse inocente, encerrarse, ensimismarse, dar vuelta la cara.

El artista no puede ser sólo testigo y testimoniar, sino aullar, aunque para ello necesite de toda su sangre fría y su razón despierta y vigilante.

Negarnos a aceptar el exterminio, la muerte, el desastre, las atrocidades, el poder de las armas, la infamia, la injuria, el odio, la mentira, la traición, la intolerancia.

Incluirse en los ausentes, los desaparecidos, los borrados, humillados; ser protagonistas de la represión, víctimas del desamparo, sobrevivientes del horror y el miedo, memoria del genocidio y la violencia.

Hundir la mano en el dolor.

Y una pregunta final, una pregunta, una duda angustiosa:

¿No estaremos formando parte del mercado con lo que creemos una actitud rebelde?

¿No será tan sólo un paliativo, un modo de parecer estar vivos, de existir? ¿Una disculpa, un mero rasguño en la dura coraza del poder?




Guillermo Nuñez CONTRA EL OLVIDO.

“Quiero que el espectador aprenda a indagar, buscar las causas y aprenda a no olvidar”.

Heidelberg, Invierno, 1961.

" El errante se construye con tablas, cartones, latas y trapos viejos, se construye todos los días, ladrillo a ladrillo, un nuevo país. Esta obligado a inventarse nueves y cielos propios, un país suave, duro, misterioso, hecho de mentiras, susurros, jardines de sueños, avenidas, calles de tierra ajena, interiores, patios, cordilleras, volatines, carretelas, buzones, piedras de ausencia. El errante mete la mano en lo oscuro para hacer nacer de un pozo negro un dibujo incierto de si mismo, un tibio autorretrato de su propio grito, de su libertad condicional."

Manhattan Non stop, NY

“Una abstracción, donde yo por mi parte identificada cabezas, cuerpos, piernas, brazos, dientes”. 1961

Lo que pinto sigue siendo el hombre, pero una mano, un diente, o una cabeza que puede negarse en un instante mismo y pasar a ser costilla, ojo pierna, herida: materia en movimiento, en rebelión constante. 1961

Aprendí que la historia de nuestro continente era la historia de masacres, crueldades, traiciones y tortura.
CEREMONIA DEL REGRESO, 1993.



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